Perséfone 001: La visión de lo invisible, parte 1



(Nota del autor: esta historia se desarrolla justo después del Anual 03 de Los Caídos, aunque su lectura no es necesaria para seguir el hilo de esta miniserie.)

***

Una bala en el torso había sido su perdición. Un disparo que muchos calificarían de antideportivo, realizado desde un helicóptero. Ella no lo calificaría así, pues sabía muy bien que no existe tal cosa como la deportividad a la hora de acabar con la vida de otro ser humano.

Pero sí había algo de deporte en ese tiro de gracia que la obligó a huir como una presa asustada. Algo de caza, de búsqueda y competencia que fue al mismo tiempo su confirmación de cuán bajo había caído en el gran esquema de la vida y sus múltiples y retorcidas vueltas.

Ella, Perséfone, experta asesina de astucia letal, reducida a proscrita en términos legales y no tan legales. Peor aún: de general, de dirigente de un ejército de invasores, había pasado a perder todo su estatus y verse repudiada por su mecenas, aquel que la había sacado de la mediocridad.

Allí estaba ella, herida en el costado, sobre la cubierta de un tren que la alejaría de la ratonera en la que habían tratado de aprisionarla. Perdiendo sangre por momentos pero, sobre todo, herida en su orgullo, en su amor propio, por tener que esconderse, escapar como una rata, poner pies en polvorosa entre ella y sus perseguidores. Era una situación nueva que no había experimentado en su plenitud hasta ese mismo momento.

Sonrió. La vida siempre le ofrece a uno valiosas lecciones en el instante más inesperado.

***

Podía haber dejado atrás a sus perseguidores, pero Perséfone fue consciente de que tenía que buscar ayuda médica o no habría servido de nada su fuga. Empezó a delirar, a perder la noción del tiempo. Otros en su lugar habrían pasado por alucinaciones, imágenes magnificadas de los acontecimientos recientes, de las circunstancias que la habían llevado al borde de la muerte. Ella no. No iba a caer en el error de pensar en el pasado cuando hasta la última fibra de su ser exigía que enfocara su atención en el futuro si es que tenía interés en presenciar un nuevo mañana.

Ya era la cuarta parada en la que el tren se detenía y decidió no apearse del techo del vagón tampoco en esa ocasión. No serviría de nada bajarse en aquellos lugares, pues no conocía médicos clandestinos allí. Además de ello estaba aún demasiado cerca del punto a partir del cual le perdieron la pista, y por último, jamás iría a un hospital. La capturarían, la encarcelarían. Antes morir de una sola vez que morir todos los días.

De ese modo su sufrimiento se prolongó varias horas más. La cabeza le daba vueltas, varias veces estuvo a punto del desmayo. Sólo el aire frío y la necesidad de estar siempre agarrada impidieron que perdiera la conciencia. Para cuando el tren paró en un destino conveniente, su primer impulso fue dejarse caer por el margen contrario al andén, pero se limitó a descender con calma, en un nuevo y titánico esfuerzo por no agravar la tensión sobre la herida. Buen calibre el de aquellas balas de francotirador policial.

Echó un vistazo, mientras se perdía entre trenes viejos y desahuciados, al cartel de la estación. Talópolis VII. Otra de aquellas podridas polis. Las odiaba con toda su alma. Pero al menos, pensó, allí no había nubes eternas como en Ernépolis I ni Nocturnos acechantes como en Talópolis X.

Tampoco es que conociera muy bien la ciudad, por otro lado. Sólo había recalado allí en ocasiones para abastecerse de armamento que luego, como siempre, reacondicionaría a su gusto. En ese sentido, a pesar de trabajar en una organización, siempre tuvo manga ancha. En eso y en términos de presupuesto. Tenía la sospecha de que iba a echar mucho en falta la sensación de no tener que preocuparse de esos dos importantes factores de su vida criminal. Si es que salía de aquella con vida, claro.

Caminó a tientas por las calles luminosas de la ciudad, casi herida por la claridad del cielo cuajado de nubes grises pero, al menos, con remansos azules. De aquel trayecto luego sólo recordaría tres cosas: su mano izquierda sobre el costado, su mano derecha agarrando una de las gélidas armas de su bolso, y el reflejo de los cúmulos nubosos en los ventanales de los edificios.

No tardó en llegar al drugstore clandestino pues no estaba muy lejos de la estación. Nunca lo estaban. Igual que los bares suelen estar en las zonas concurridas de la ciudad, el negocio criminal no puede desatender las zonas de paso de la clientela. Entró con paso firme, dispuesta a mantener la entereza, y abrió la vieja y desvencijada puerta de madera.

Tras el mugriento mostrador localizó a la persona a la que quería ver. Trató de enfocar el resto de la tienda, igual de vieja y desvencijada, y saber qué clase de tapadera era la excusa en aquella ocasión. Pero no pudo lograrlo. Su cuerpo acababa de recibir el mensaje que llevaba una eternidad esperando, que estaba a salvo, y desconectó. Cayó al suelo con tanta violencia que se golpeó en la frente y perdió el conocimiento al momento.

El contenido de su bolso se desparramó por el suelo de la tienda, ya perfectamente visible para todo aquel que quisiera recogerlo.

***

Cuando volvió en sí sabía perfectamente dónde estaba. Los asesinos profesionales siempre lo saben. Y si no, lo fingen.

Se incorporó, se llevó la mano al bolsillo y sacó un aparato que nadie más que ella podía ver. No porque fuera imposible hacerlo, sino porque era tan pequeño que lo cubría casi por completo con la mano. La reputación siempre hay que mantenerla a toda costa.

—Baja eso antes de que te arranque los dedos —fue la única respuesta que recibió desde la habitación contigua.

Perséfone sonrió. Estaba a salvo entre los suyos.

Tenía el torso vendado y a su lado, dentro de una caja de balas viejas, estaba la causante de todos sus tormentos inmediatos. Endemoniadamente grande. Aún no entendía cómo podía haber sobrevivido a ese maldito matacaballos.

La sala en la que estaba era un sótano que hacía la función de armería. La habían tumbado sobre la mesa de montar armas y operado entre tornos oxidados y ronchones de grasa reseca. Poco ortodoxo, pero todo era adaptarse a las circunstancias.

Su salvador entró por la puerta mientras se quitaba los guantes de látex. No era una operación tan sencilla de efectuar como uno pudiera pensar si se tiene en cuenta que gran parte de sus dedos terminaban en piezas de metal para acoplar destornilladores, brocas, llaves y otras herramientas completamente inclasificables. Uno de ellos, de hecho, tenía incorporado un escalpelo que sobresalía por la punta del dedo índice en el guante derecho.

—Siempre se atasca este —comentó resignado, buscando unas tijeras para cortarlo.

—Devicer —fue lo único que Perséfone acertó a comentar. No era la primera vez que tenía que tratar con aquel viejales de pelo blanco y desastrado, pero sus servicios como médico clandestino sí eran algo nuevo entre los dos.

Guardó el arma en el bolsillo y se levantó de un salto de la mesa. Al instante el mundo empezó a perder ligeramente la horizontal.

—Despacio, Perséfone —advirtió el doctor improvisado—. No era una cagada de mosca precisamente lo que te he sacado del cuerpo.

Perséfone volvió a apoyarse en la mesa y tomó aire poco a poco. Odiaba sentirse vulnerable y frágil, por inevitable que eso pudiera ser en ocasiones.

—Supongo que ya te habrás cobrado.

—Tarifa habitual en emergencias, aunque si hubieras tenido menos imagino que habría hecho una excepción.

—Eres todo un samaritano. ¿Qué hay de mi bolso?

—Está a la vista nada más cruces a mi habitación… igual que su contenido, debo decir. Debes venir de muy lejos si tus artefactos han perdido tu toque especial. De todos modos no creo que ese sobrenombre tuyo de la Asesina Invisible esté empezando a perder sentido.

—Eso no es asunto tuyo, ¿vale? Sólo dime dónde está y me largaré.

—No tan deprisa, señorita impertinente. Necesitas reposo, además de, por lo poco que llevas encima, un techo en el que cobijarte un tiempo al menos.

—Y tú estás dispuesto a dármelo. Y gratis.

—Tengo poca clientela, me aburro, y puedo cobrarte en mano de obra y conocimientos de armas, incluso pagarte. Esto de ser criminal es como el deporte, ¿sabes? La mayoría se retira pronto, ya sea por voluntad propia o por otros motivos, digamos… más contundentes.

»Aparte, algo he escuchado de que piden por ti una recompensa… tranquila, no he llamado a nadie. Yo también tengo una reputación que mantener, no vendo a mis clientes. Además, es mejor tener a los polis lejos de aquí, y tu antigua organización posiblemente me silenciaría una vez te hubiera puesto en sus manos.

—De modo que no tengo elección.

—Míralo de esta manera. Has tenido un accidente laboral y te tomas unos días de baja —acabó Devicer encogiendo los hombros con gesto de sencilla resignación.

***

Perséfone no tuvo más remedio que quedarse allí con el propósito de recuperar cuanto antes las fuerzas. Sin embargo la casi virtual inactividad era una carga insoportable de llevar para alguien acostumbrado a estar siempre en frenético movimiento. No tardó en dedicarse a montar armas, ordenar y clasificar los dispositivos del sótano, diseñar planos de nuevos artefactos, estudiar minuciosamente todo su arsenal e invisibilizarlo a diario, a las horas puntas, como siempre hacía. Para ello usaba sus artefactos especiales, que sólo ella manejaba, que sólo ella era capaz de comprender, que sólo ella, debido a contraseñas cuánticas especiales, podía manipular.

Toda precaución es poca cuando uno sabe que puede tener que matar en cualquier momento… o verse obligado a vender cara su propia vida.

Pero la carga de trabajo que allí había era muy escasa, y por muchas horas que pasara empeñada en tener que desempeñar toda clase de tareas, no faltaban los momentos silenciosos en los que Perséfone no podía hacer más que subir al tejado del edificio, mirar al cielo despejado de Talópolis VII, y recordar el pasado. No el pasado inmediato, acontecido en un cielo siniestro de eterna oscuridad.

No, un pasado más lejano, en muchos sentidos más amable, y justamente por eso mucho más terrible de rememorar.

Su mente la hacía viajar de nuevo, regresar a lugares y momentos a los que pensaba no ir jamás. Lugares como aquella colonia, aquella universidad y aquel aula grande, con aforo para cientos de estudiantes, todos ellos sentados en atriles unidos por filas y enmarcados en madera noble. Aquellas cuatro pizarras deslizantes, que subían y bajaban por turnos, por medio de un sencillo mecanismo de poleas. La luz que se filtraba por los ventanucos del exterior en los días cálidos, recordando que ahí fuera, en el campus, había todo un mundo verde esperando a ser disfrutado.

Momentos como aquel lejano día en que estaba dando la clase de óptica a sus alumnos. El instante previo a que todo cambiara para siempre.

Llegó tarde, como era costumbre en ella. Sus investigaciones de mecánica de ondas robaban todo su tiempo y también requerían su completa atención. Cuando entró en clase no pudo evitar, como siempre, escuchar lo que decían los alumnos.

—Pensé que ya no venía.

—Hoy no trae uno de esos cinturones que afloja para creerse moderna.

—Está ya pasada, pero las gafas le dan un punto sexy.

Crueldades típicas de sus alumnos, pensaba a menudo, para los que ser mayor quería decir tener que estar seguro de la edad que tiene una persona antes de tratar de acostarse uno con ella.

Dejó el bolso sobre la mesa y empezó la lección, cuadrándose las gafas. Nada más comenzar a hablar de la física de partículas cayó en la cuenta de que había llevado un pequeño dispositivo para llevar a cabo una demostración práctica. Detuvo la explicación y disculpándose metió la mano en el bolso. Otra vez risillas leves entre los alumnos, que se pensaban que desde la tarima los profesores no se daban cuenta de lo que sucedía a su alrededor. Muchos de ellos la llamaban a sus espaldas La Mochila porque el bolso que llevaba era tan grande que podía meter libros enteros dentro de él. Por supuesto, ese mote sólo lo usaban los chicos, pues a ellos apenas un par de bolsillos les bastaba para meter en ellos todo lo que necesitaban.

—Aquí está —dijo tras medio minuto de búsqueda exhaustiva en el que llegó a pensar que tendría que volcar el contenido del bolso sobre la mesa—. Muy bien, como decía, igual que un mensaje, la luz es información, y para ser entendida, hacen falta aparatos, ya sean orgánicos o inorgánicos, capaces de leerla. Sin esos aparatos u órganos, las imágenes no pueden ser entendidas ni formadas, y además de ello es muy importante el medio en que…

Miró a un lado y notó cómo el conserje golpeaba la puerta de la clase de manera sutil. No tuvo que pararse a pensar ni dos segundos para temerse qué era lo que estaba pasando.

—Disculpadme, ahora mismo vengo —dijo saliendo de la clase. Nada más estar en los pasillos y asegurarse que nadie más les escuchaba, se dirigió al conserje.

—Se trata de mi hermano, ¿verdad?

—Así es, profesora. Discúlpeme por interrumpirla, pero el rector mismo me ha mandado decírselo.

—Tranquilo, no pasa nada. ¿Está bien?

—De eso se trata, no debe preocuparse más. Él está bien, está aquí mismo en la facultad, ha venido por su propia voluntad —explicó el conserje, para quien ese asunto no era nada nuevo­—. Dice que la espera al término de la clase para contárselo.

—Perfecto, gracias por avisar.

—De nada, lo hemos hecho así por si la policía la llamaba, para no alarmarla.

Volvió de nuevo al interior de la clase y continuó con su lección sobre la luz y su movimiento y velocidad en los distintos medios. Ninguna nueva llamada la interrumpió, pero no pudo evitar estar la mayor parte del tiempo pensando en qué habría hecho Kain en aquella ocasión, aunque al menos parecía encontrarse bien y haberlo resuelto por sí mismo. En uno de esos momentos de reflexión, de hecho, se quedó tan traspuesta que una alumna la sacó de su ensoñación temporal.

—¿Se encuentra bien, profesora Fisher?

—Sí, sí —contestó de manera mecánica, estoy perfectamente, sigamos adelante.

***

Cuando la clase terminó fue hacia su despacho y ahí se encontró con su hermano Kain, esperando en la puerta como si fuera un alumno a la espera de que revisaran su examen.

—Hola, Pat —se limitó a decir como si nada.

—¿Estás bien? ¿Qué ha ocurrido?

—¿Por qué dices eso?

Me han avisado, Kain —dijo buscando las llaves en el bolso para abrir la puerta de su despacho.

—No ha ocurrido nada, ¿vale? No me han detenido, ni me he metido en ningún lío. Pero…

—Hablemos dentro, mejor —le cortó ella invitándole a entrar. El despacho, en contraste con el bolso, estaba bastante ordenado y pulcro, con multitud de estanterías así como toda clase de prototipos que Kain, en su mayoría, lograba identificar, pues había pasado allí dentro bastante tiempo ayudando a su hermana, principalmente porque de ese modo ella lograba tenerle vigilado todo lo que podía.

Al margen de eso, pensó Pat, su hermano era bastante listo. Estaba a punto de acabar el instituto, y si lograba alejarse de las malas influencias sería capaz de entrar en la universidad. Entre ella y Jacob, su otro hermano, estaban haciendo todo lo que podían. Pero tenía que admitirse que no era fácil para ella cuidar de dos chavales como Kain y Jacob, ya que desde que sus padres murieron ella tuyo que ejercer el papel de ambos para los dos, con las consecuencias que eso trajo para sus propias investigaciones.

A veces, sin embargo, pensaba que era poco lo que podía hacer por ellos. Ser profesora e investigadora no es que diera demasiado dinero, por no decir que daba muy poco, y para colmo de males no lograba que sus prototipos manipuladores de luz funcionaran de manera adecuada. Sólo el ejército de la colonia había mostrado cierto vago interés en sus experimentos de rebote de luz, como ella los llamaba, una manera eufemística de referirse a la invisibilidad temporal. Y había descubierto hechos fascinantes que emparentaban esa teoría ni más ni menos que con la astrofísica.

Tiempo atrás, observando constelaciones en el cielo estrellado, en sus prácticas de astronavegación, se vio sorprendida por el hecho de que había algunas estrellas que, mientras ella las veía de color azul por el telescopio, otros de sus compañeros las veían verdes, marrones o incluso amarillas. Ello se debía a que estaba tan lejos que el color no era captado por el telescopio, pero sí la forma, y por ese motivo el cerebro de cada uno tenía que inventarse un color para rellenar esa parcela de información perdida.

Eso le dio la idea para realizar experimentos de luz con objetos cotidianos y pequeños como un bolígrafo o una moneda, y observo que, tal como sospechaba, si desviaba parcialmente la luz de una zona de los mismos, parecía como si esa zona fuera inexistente, pues al no poder ser visualizada por los ojos, el cerebro de los observadores rellenaba ese área sin luz con una imagen que él mismo generaba, del mismo modo que el color de la estrella. A más uniforme era la textura, más convincente era el efecto óptico: sobre una mesa de metal, la sección desaparecida adoptaba la textura de ese mismo metal, pero entre una configuración de objetos desperdigados, trataba de fundirse adoptando amalgamas de colores similares a la visión global del conjunto. Comprobó que personas distintas podían ver situaciones distintas, pero para todos había un detalle común: no veían el objeto original.

Invisibilidad a efectos prácticos. La base de toda su investigación. El siguiente paso, que llevaba adelante en secreto, era tratar de sintetizar esa misma propiedad en laboratorio y sin complejos y enormes dispositivos, tal vez mediante una sustancia o película repelente a la luz, tal vez mediante manipulación a nivel atómico para conseguir que las partículas se volvieran infinitesimales o transparentes a su paso. Pero eso podía no llegar nunca, y tal pensamiento la desalentaba a menudo.

En todo caso, su problema más reciente estaba allí, sentado en una de las sillas de su no demasiado grande despacho, teniendo en cuenta que era una profesora adjunta no contratada. Joven, rubio, bien parecido. Rebelde, idealista, siempre con sus perennes muñequeras de pinchos. Instituto conflictivo, presa fácil de las malas influencias. Así era Kain Fisher, mirándola sin el menor atisbo de temor, pero al mismo tiempo con profundo respeto.

—Dime qué ha pasado, Kain. La policía no habrá presentado cargos, pero si estás aquí es porque quieres decirme algo que sabes que si me entero por cuenta propia me hará enfurecer.

—Han intentado obligarme a hacer el rito de iniciación —dijo con entereza.

—¿El rito? ¿Esos pandilleros?

—¿Quién si no?

—Te habrás negado…

—No he dicho nada, ellos se han limitado a explicarme en qué consiste y que ya me darán más instrucciones para ello.

—No debes ver más a esa gente, esto se pone cada vez peor.

—¿Y qué hago entonces, Pat? Les veo todos los días en mi entorno. No puedo salir corriendo hacia aquí o a pedir ayuda a Jacob cada vez que tenga un problema. Y si falto a clase no entraré en la universidad.

—¿Qué es lo que te han pedido?

Kain puso un cuchillo sobre la mesa metálica, la misma en la que las monedas desaparecían como por arte de magia. Su hermana deseó que ese cuchillo lo hiciera también.

—Me han dado esto, y me han dicho que cuando ellos manden tendré que utilizarlo. Creo que saben que no voy a hacerlo.

Pat empalideció.

—¿Qué voy a hacer, Patricia? —suplicó su hermano. Nunca suplicaba, y nunca la llamaba por su nombre completo.

—Quédate aquí, y hoy iremos juntos a casa. Pensaremos con quién hablar, y se lo contaremos también a Jacob. ¿Has hablado con él hoy?

—Está ya en casa.

¿Por qué no podría haber sido Kain como él?, pensaba Pat en ese momento y a menudo. Pero sabía que eso no era justo. Aparte de que era el menor de los tres, Kain no era tan fuerte ni tan decidido como Jacob, y además Jacob hacía tiempo que había dejado los estudios y se había puesto a trabajar en una fábrica de deslizadores en la periferia de la ciudad, por lo que no había tenido que soportar ese mismo ambiente de bandas callejeras que ahora oprimía a Kain. En cuanto a ella… ella sí había tenido la suerte de tener padres mientras realizaba sus estudios de secundaria y parte de los superiores.

—Para empezar, dame esto —dijo metiendo el cuchillo dentro de su amplio bolso—. Quédate aquí a esperarme. Hoy tengo pocas clases, de modo que saldré más pronto de lo normal.

—¿Qué hay de tus experimentos?

—Hoy pueden esperar.

—No, déjame ayudarte. Necesito pensar en otra cosa, no me encierres en casa.

—Está bien —dijo Pat con mirada de resignación, quitándose las gafas—. ¿Ves aquellos aparatos cilíndricos de allí? —señaló a una balda llena de máquinas construidas a mano—. Son ampliadores de decoherencia. Ponlos sobre la mesa y prepara para cada uno el experimento, como otras veces.

Se acercó a un cajón, sacó un disco de madera del tamaño aproximado de una palma y lo puso sobre la mesa.

Saca tantos como aparatos haya, hoy intentaremos encontrar la potencia adecuada para enmascarar esto a la vista.

—¿Tan grande?

—Sí.

—¿Y de madera? ¿Sobre una mesa de metal?

—Exacto. A ver si por lo menos uno de ellos desaparece parcialmente cuando forcemos el espaciamiento de su núcleo.

Kain se quedó mirando el disco con aspecto taciturno y se llevó las manos a los pinchos de sus muñequeras.

—Ojalá nuestros problemas pudieran desaparecer como esto.

—Siempre podemos hacer aparecer la solución —añadió su hermana mientras abría la puerta para marcharse.

***

Los días pasaron, y la herida que Perséfone había recibido en el torso empezó a cerrarse. Aún era vulnerable, pero ya no podía esperar más.

Estar allí hacía que pensara en el pasado, y era muy consciente de que para alguien de su condición pensar demasiado es algo terrible, el peor de los venenos. Un veneno que, de hecho, ya empezaba a circular por sus venas. Pero tenía sentido que así fuera. Era una marcada, una criminal a la fuga, perseguida por todos sin distinción. Nada le quedaba salvo aquel bolso de trucos infernales y los recuerdos que albergaba en su propia mente.

Recuerdos olvidados. Desterrados, desahuciados. Aquel periodo de convalecencia y reflexión, aquel cielo a la vez gris y azul, lleno de matices bipolares, los habían traído a la mente. Recuerdos de cuando la llamaban con otro nombre y giraba la cabeza, de haber firmado documentos con una letra que empezaba a parecerle extraña.

Recuerdos de otra profesión, otro mundo. Familia. Hermanos.

Un día al fin salió a comprar ropa nueva y una modesta maleta y, al llegar a la tienda de estraperlo, lo preparó todo para largarse. No tenía pensado despedirse, pero Devicer casi siempre estaba allí, por lo que tampoco tuvo reparos en hacerlo.

—Supongo que no me dirás dónde pretendes irte —preguntó el viejo desatornillando una plancha con la ayuda del dedo meñique. Imagino que te habrá salido alguna clase de trabajo en…

—Voy al hogar.

—¿Al hogar? ¿Vas a intentar que él te readmita en su organización?

—No. Voy al hogar verdadero —acabó cogiendo el bolso y cruzándoselo, pasando el pelo por detrás.

—Vaya. Te juegas el todo por el todo. Que tengas suerte, entonces.

—Yo no necesito suerte. Soy Perséfone. La suerte es sólo para los que no construyen su propio destino —dijo justo antes de salir por la puerta carcomida y desvencijada.

EN EL PRÓXIMO NÚMERO:

Perséfone regresa a su antigua colonia y se reencuentra con el pasado, además de con varias desagradables sorpresas. Todo eso en la parte segunda de ‘La visión de lo invisible’.

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3 comentarios:

Esciam dijo...

Hola linda!
Vaya, un mundo de ciencia ficción (o ciberpunk), eso es genial! Imaginar los dedos de aparatos del que la salvó, como pudo ser la locomotora o el lugar en donde estuvo. Tiene el misterio de quién es ella, como es que esa profesora preocupada y obsesa de su ciencia (que con pericia mostraste) volcada en sus hermanos, termina siendo una asesina a sueldo reconocida y, luego, poscrita.
Mucho para vislumbrar.
Si embargo, siento que casi no me sitúas en ella, el mundo y su vida. Siento que me falta descripción y que, cuando me la das, es corta y sale como apresurada o forzada. Siento que como que eres muy visual, (tal vez en tu mente es un comic y no una novela, entonces lo que digo no vale) y hay cosas como el frío, el dolor, el viento... que no me das para poder situarme.
Creo que es cosa de ponerte en su situación y realmente pensar qué ve, huele, piensa y siente, y en qué mundo está, para que sea vivo y real en ti, y nos lo puedas mostrar.
Pero claro, hace más de un año que subiste esto, así que de seguro mejoraste.
Algún otro día volveré por aquí.

Esciam dijo...

Hola linda!
Vaya, un mundo de ciencia ficción (o ciberpunk), eso es genial! Imaginar los dedos de aparatos del que la salvó, como pudo ser la locomotora o el lugar en donde estuvo. Tiene el misterio de quién es ella, como es que esa profesora preocupada y obsesa de su ciencia (que con pericia mostraste) volcada en sus hermanos, termina siendo una asesina a sueldo reconocida y, luego, poscrita.
Mucho para vislumbrar.
Si embargo, siento que casi no me sitúas en ella, el mundo y su vida. Siento que me falta descripción y que, cuando me la das, es corta y sale como apresurada o forzada. Siento que como que eres muy visual, (tal vez en tu mente es un comic y no una novela, entonces lo que digo no vale) y hay cosas como el frío, el dolor, el viento... que no me das para poder situarme.
Creo que es cosa de ponerte en su situación y realmente pensar qué ve, huele, piensa y siente, y en qué mundo está, para que sea vivo y real en ti, y nos lo puedas mostrar.
Pero claro, hace más de un año que subiste esto, así que de seguro mejoraste.
Algún otro día volveré por aquí.

Raelana dijo...

¡Hola! Acabo de darme cuenta de que has dejado un comentario e imagino que va para mí porque a Magnus como "linda" no termino yo de verlo xDDD

Este capítulo es suyo, él comenzó con la historia hace un año, con una miniserie de cuatro capítulos y luego me lió a mí para que la continuara, por eso ha pasado tiempo entre estos primeros capítulos y los siguientes. Yo cuando los leí no eché en falta descripción, lo que ya no sé es si es porque a mí en general las descripciones me rompen en el ritmo y no me suelen gustar o porque conozco el trasfondo del personaje, que salió como secundario en otra historia anterior. De todas formas lo tendré en cuenta para el futuro, porque creo que yo describo menos aún que él xD

Muchas gracias por animarte a leer :D

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